Una de las versiones

Una jovencita y un monje novicio, se enamoran. A ella, hija de un misionero inglés en Alemania, se la considera un verdadero prodigio intelectual. Decide convertirse al «masculinismo» e ingresar a la vida monacal, para así poder vivir en el convento junto a su amado. Vestida de muchachito, Juana se presenta al provincial del convento quien, encandilado por su inteligencia, «lo» acepta de inmediato.

Por circunstancias no especificadas en la ficción, poco después los jóvenes enamorados deciden fugarse del convento. De Alemania pasan a Francia, luego a Italia y de ahí a Grecia.

La papisa Juana

Como hueca prueba, nada mejor que un orificio

Los cronistas medievales «especializados» en chimentos papales y de corte –y en esto no se ha progresado mucho desde entonces- aseguran que después de lo sucedido con la papisa Juana (Juan VIII) todo candidato electo al solio pontificio, debe pasar una prueba para la verificación de su sexo, previa a la consagración papal, Según el retorcido humorismo de los cronistas, al candidato electo se lo sentaba sobre un trono que tenía un orificio central, y el más joven de los diáconos confirmaba al tacto que el candidato no fuera una candidata. En tal caso pronunciaba en voz alta; Mas est, y el clero respondía en coro; Deo gratias.

Esta famosa silla para la supuesta confirmación del sexo del candidato pontificio, no es más ni menos que la silla estercolaria (del verbo estercolar), ya usada en la antigua Roma -muy anterior a la existencia del papado- utilizada para evacuar los excrementos del cuerpo (estiércol).

El trono de mármol que se encuentra en el claustro de la Catedral de San Juan en Laterano, podría tener una función similar, pero únicamente para la evacuación de orina, en caso de extrema necesidad durante una ceremonia.

La decisión imprevista

Una vez en Atenas, el joven monje muere improvisamente por un mal desconocido; como lo eran casi todos los males en el siglo 9. Juana, tremendamente abatida por la desgracia, deja Atenas y decide ir a Roma, llevando consigo los hábitos monacales masculinos, que volverá a lucir en la capital papal.
Cuando Juana llega a Roma, el papa se llamaba León IV.

Durante los dos o tres primeros años de su estancia en Roma, Juana imparte lecciones de ciencias, atrayendo la atención de intelectuales. Tanto por su conducta como por su erudición -siempre en su rol masculino- se gana el respeto y la admiración del ámbito clerical romano.

Al fallecer León IV (855) Juana es unánimemente electa pontífice: Juan VIII.

El ateísmo político invade el Vaticano

Carlomagno no pudo (o no supo) dotar al Sacro Imperio Romano de una organización política sólida y duradera. Las amenazas que lo acosaban eran enormes, y con la muerte del emperador (814) el poder pasó a manos de una sucesión de incapaces que consideraron lo público como juguete de familia. Se evidencia de esta manera la real debilidad carolingia, que comenzará a restablecerse paulatinamente a partir de la elección de Otón I, a la cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico (936).

En el ínterin, potentísimas familias de la nobleza romana se adueñan del Vaticano.

Entre 882 y 946 se suceden en el solio pontificio 21 papas, algunos de pontificado tan breve como dos semanas. De todo encontramos en ese período; la familia romana que ejerce su turno en el poder, reparte a voluntad sotanas, púrpuras y tiaras papales. Es así que encontramos papas hijos de papas o de cardenales y viceversa; un papa que ocupa el trono a los 21 años de edad y muere improvisamente a los 25, tal el caso de Juan XI, hijo de la relación entre el papa Sergio III y su parienta, la jovencita Marozia, de sólo 15 años.

Atracciones fatales

Como en varios otros casos (pero reales) y durante el mismo período histórico, el sexo merodea por los alrededores papales, e inevitablemente recrudecen en Juana aquellas pasiones monacales, y es así que el flamante pontífice queda embarazada.
Hay quienes rematan el episodio del parto con la muerte del niño, y también del papa; que en realidad sería su madre. En otras versiones (que hubo varias) se hace morir al niño, dejando en vida a la madre; que en su condición papal se la excomulga y encierra en prisión.

Sedia stercoraria

Claustro de San Giovanni in Laterano

Asiento papal conocido como sedia stercoraria - Museo Vaticano

Durante las visitas al Vaticano, en todos los grupos de turistas siempre hay alguno que, con expresión de complicidad, en voz baja le pregunta al guía ¿Y... qué me cuenta de la papisa?

Con perfiles mitológicos más que legendarios, el episodio fue difundido por varios cronistas medievales, que supieron dar vida a esta singular protagonista. Pero entre otros tantos, el relato mejor orquestado apareció sólo seis siglos más tarde, en el segundo tomo de una extensísima obra publicada en Estocolmo en 1772.

Historia y curiosidades

A mediados del siglo 9, hace más de mil años, comenzó a correr una voz, según la cual «al papa León IV, fallecido en el año 855, lo sucedió una mujer; la papisa Juana».

El juicio del cadáver El Cónclave Aviñón y el Gran Cisma La Papisa Juana  El Papado

La verdadera papisa no fue Juana

Es muy posible que esta leyenda de «el papa mujer» se haya inspirado en hechos reales producidos en este período. El origen de la metáfora podría inspirarse en la diabólica, perspicaz y famosísima Marozia (892-937) joven romana de la más rancia aristocracia, hija del senador romano Teofilacto y de su esposa Teodora, mujer célebre por su extraordinaria belleza e insuperable oportunismo.

Marozia ejerce entonces un poder desproporcionado. A ella le deben el pontificado León VI (siete meses); Esteban VII, que le otorga a Marozia el cargo de «Senadora de los Romanos» y la pone a la cabeza de las familias romanas que se contienden el trono papal, y por último su hijo Juan XI.

Por lo tanto se podría afirmar que en ese período hubo una papisa , que no fue papa ni ocupó el trono pontificio, pero determinaba quién debía ocuparlo. No se llamó Juana, sino Marozia.

Además de estos escándalos de intrusión laica, en este período sucedieron hechos de extrema gravedad en el Vaticano, entre los que se distingue «el juicio del cadáver» (ver índice), ejercido sobre la persona (cadáver) del papa Formoso.

Es claro que ante semejante acto de barbarismo real, es preferible endulzar el período con una historieta de un papa mujer.

Fue este uno de los períodos en los que el creyente perdió confianza en la Institución; en realidad, fueron los «laicos ateos» quienes ejercieron la propia inmoralidad en nombre de la Iglesia.

Esto no pretende eximir a la Iglesia de otros errores cometidos, pero durante estos dos siglos, su nombre, sus estandartes y todos sus hábitos, fueron utilizados cruelmente a su total perjuicio.... y eso queda en la Historia como escrito sobre piedra; lo bueno se opaca y deforma en el tiempo.

Marozia

Actualización: junio 2019

 Marcelo Yrurtia

Martine Ruais

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