Peregrinos, palmeros y romeros

En la legislación de la Roma antigua, el peregrinus era un ciudadano libre, no romano ni latino; un extranjero a todos sus efectos. Por lo tanto no gozaba de derechos políticos. Desde la República Romana (siglos VI - I a.C.) estuvo excluido del servicio militar.

En su origen, el término peregrinus no tiene ninguna relación con lo religioso.
Sin embargo, hay algo que acomuna el lejano peregrinus de la romanidad con nuestro peregrino actual; ambos son «extranjeros de paso».

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Palmeros a Tierra Santa

Desde los primeros tiempos existen dos metas principales para los devotos cristianos: Jerusalén (Jesús) y Roma (Pedro); a los devotos que viajaban al Santo Sepulcro se los llamaba palmeros, dado que quienes conseguían regresar, llevaban consigo ramas de palma a sus hogares.

La necesidad de proteger a los palmeros en sus largos viajes fue uno de los factores (si bien no el principal) que condujeron a los crueles enfrentamientos -durante dos siglos- entre parte de la Cristiandad y el Islam; lo que históricamente registramos con el nombre de Cruzadas.

Los viajes por devoción a Jerusalén y Tierra Santa ya existían desde la Antigüedad tardía, y ni siquiera la ocupación musulmana consiguió eliminarlos. Tal es el influjo y prestigio de estas tierras donde vivieron los protagonistas del Nuevo Testamento, y donde Jesús murió crucificado.

Sigfrido, arzobispo de Maguncia, junto al entonces cronista inglés y futuro abad Ingulfo condujeron a Tierra Santa la primera gran peregrinación anglosajona; aproximadamente 7.000 palmeros, entre alemanes e ingleses. En el año 1064 comenzó esta penosa marcha de más de un año, en la que falleció la mayoría de ellos. Jerusalén representaba demasiados y muy graves riesgos para los palmeros.

Romeros a Roma

Mucho antes de las Cruzadas, a comienzos del siglo 4 -con la Libertad de Culto otorgada por Edicto imperial- se abren definitivamente las vías del cristianismo a Roma.

Uno a uno van reuniéndose los romeros a lo largo del agotador trayecto; saben que todos los caminos de Europa conducen a Roma, porque de Roma partieron.

Los fieles de Europa desean expresar devoción en el mismo lugar donde fueron martirizados y sepultados sus principales testimonios, Pedro y Pablo. Pero también Lorenzo y Sebastián, Cecilia e Inés, y tantísimos otros menos conocidos, igualmente mártires de las brutales persecuciones anticristianas.

A aquellos devotos cuya meta era Roma, se los llamó romeros, y romerías a sus viajes en grupo.

Al generalizarse el término peregrino -a partir del siglo 9- tanto palmero como romero van apagándose en su uso corriente, y se convierten a la categoría de nombres de familia. ¿Quién de lengua materna española no conoce alguna familia apellidada Palmero, Palmieri, Romero, Romei, Romeo?

El término romerías, en cambio, pasa a designar ese patrimonio cultural común a muchas poblaciones que, con motivo de las fiestas patronales u otras de fervor popular, celebran procesiones a la ermita donde se venera la Virgen o algún santo en particular.

Repaso 1
Repaso 2

Del extranjero al devoto caminante

A partir del siglo 9, en Europa surge otro santuario importante, el de Santiago, en Compostela.

Para diferenciar entonces de los palmeros y romeros de los devotos que acuden a Compostela, se recupera de la antigüedad romana el término peregrino, con el que se identificaba al extranjero.

Y es así que la palabra se generaliza, sin distinción de santuario ni religión. Por lo tanto, se considera peregrinación a toda manifestación colectiva que suponga tránsito de fieles de cualquier lugar a otro, por devoción o inclinación religiosa.

Santo Sepulcro en Jerusalem

Peregrinos entrando a Roma (Miniatura medieval)

Mártires anónimos

Desde los últimos siglos del Evo Antiguo hasta bien entrado el Evo Medio, el peregrino no emprende su viaje en busca de indulgencias; concepto éste muy posterior. El romero se dispone a enfrentar todo tipo de peligro en el larguísimo trayecto; accidentes, sed, hambre, enfermedades, agresiones de animales y maleantes.
Hay quienes partían hacia Roma a pie desde Grecia; otros desde Francia, muchos desde España e inclusive Portugal. Después de meses de extenuante recorrido, algunos morían durante el camino, otros en hospitales romanos; no todos podían regresar a sus casas. (1)

Desde nuestra vacía cultura tecnológica nos cuesta comprender (o quizás ya no podamos) que el peregrino medieval no era un pobre ignorante aterrorizado por un diablo clerical que lo obligaba a viajar a Roma para despojarlo de sus bienes. Aquel romero enfrentaba semejantes peligros para dar y no para obtener «algo» a cambio de su viaje; quería llegar a Roma para venerar los sepulcros de quienes habían dejado un ejemplo indeleble, entregando la vida por no renegar a profundas convicciones espirituales.
Aquellos romeros medievales fueron la sólida base y los más auténticos protagonistas de este secular sentimiento religioso; columna vertebral de la historia del cristianismo. El mismo sentimiento que emperadores y reyes -sin excepciones- pisotearon durante siglos…en beneficio de «sus iglesias».

El romero sabía que era muy alto el riesgo de que ése fuera su último viaje de ida sola.

Por lo tanto, antes de partir declaraba sus bienes al obispo quien, sabiendo leer y escribir, redactaba el testamento. Acto seguido, el obispo lo bendecía solemnemente.

Una vez cumplidos los dos requisitos indispensables; el testamento y la bendición, el romero emprende el aventurado camino para venerar a sus mártires; a sus héroes.

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O Roma Nobilis

Roma, meta del occidente cristiano

Al llegar al Mons Malo, el actual Monte Mario, el romero medieval se encontraba ante una gran ciudad rodeada por murallas almenadas, cuyas puertas permitían el ingreso a un bosque de torres y campanarios.

Les quedaban por recorrer aún pocos kilómetros a aquellos devotos romeros, pero ante ese «espejismo» que desde el Monte veían, sentían haber alcanzado ya la meta de ensueño: Roma, tierra de sus mártires.

Se preparaban entonces a descender el Monte, cantando O Roma nobilis, orbis et domina cunctarum urbium excellentissima... (Oh noble Roma, ciudad y señora del mundo, excelentísima...).

El romero solía partir solo de su poblado, pero ante las puertas de Roma ya hacía parte de un gran grupo formado durante el largo trayecto; un grupo pluridialectal que se identificaba cantando al unísono en la lengua de la Iglesia.
La fe los unía en la solidaridad; se ayudaban para llegar. Se empujaban quizás con la mirada, apoyándose en el próximo paso que siempre era «uno» y no más. Algunos lo hacían en los límites de la suportación, sostenidos por quienes habían resistido un poco mejor la enorme fatiga; los ancianos solían llegar a horcajadas de los más jóvenes, y algunos transportados en camillas improvisadas con harapos y bordones.

Una vez superadas las murallas y pasado el puente de la Mole Adriana (hoy Castel Sant’Angelo) los romeros entraban en un laberinto de callejuelas que conducía a una pequeña plaza, conocida como cortina Sancti Petri, rodeada de capillas y oratorios. Al llegar, veían a la derecha el campanario románico de la iglesia Santa Maria in Turri. Y a la izquierda, el célebre obelisco egipcio que hoy se encuentra en la Piazza; pétreo testigo del martirio que terminó por abrir definitivamente las puertas de la Iglesia.

Como por milagro, los agobiados romeros sentían recuperar improvisamente sus fuerzas y los ahogaba la emoción, se encontraban ante la reina de las iglesias; San Pedro, la tumba del apóstol.

Desde entonces, aquellos romeros medievales fueron la sólida base y los más auténticos protagonistas de este secular sentimiento religioso; columna vertebral de la historia del cristianismo.

El atuendo del romero consistía en el pétaso: sombrero de fieltro con ala posterior particularmente amplia, sostenido bajo el mentón por un sólido cordón. Una especie de capa corta, de cuero o tela, llamada esclavina, le caía ampliamente sobre los hombros, cubriéndole la parte superior de la espalda. Llevaba además las piernas vendadas, y calzaba zapatones de cuero. También de cuero era su grueso cinturón, del cual colgaba una conchilla marina que utilizaba como recipiente para recoger agua durante el trayecto. El bordón, gran bastón trabajado en hierro y con el extremo inferior en punta, era el arma defensiva que portaba este pacífico militi christi; soldado de la fe.
Aquellos romeros medievales fueron auténticos protagonistas; columna vertebral de la historia del cristianismo occidental.

Raíces medievales del turismo moderno

Pero los peregrinos romeros no visitaban sólo basílicas y los sepulcros de sus mártires; también se paseaban por las ruinas del gran Imperio, imaginando quizás todo tipo de historias.

Para satisfacer las curiosidades de los romeros más «instruidos» -los que sabían leer- ya en el siglo 7 (años ‘600) se difunden los primeros Itinerarii, que poco después darán lugar a la «madre de todas las guías turísticas», la famosa Mirabilia Urbis Romæ, muchos siglos antes del nacimiento de Gutemberg.

Scholæ; los primeros hoteles

A la gran cantidad de romeros de antigua tradición cristiana, se suman luego los últimos elementos bárbaros convertidos al cristianismo: francos, longobardos y sajones.

Nacen entonces las Scholæ peregrinorum; congregaciones destinadas a recibir, dar asistencia y alojamiento a romeros, agrupados de acuerdo al lugar de origen; a la «nacionalidad».

La primera documentada fue la inglesa Schola Saxonum, fundada en el año 727 por el rey Ina, sajón de Wessex, con la colaboración del papa Gregorio II.

Luego le siguen la Schola Longobardorum, erigida en lo que actualmente es el Patio de San Dámaso, en los palacios vaticanos.

En las cercanías, los armenios fundan el Hospital, hoy iglesia San Jaime de los Armenios.

En el terreno que actualmente ocupa la iglesia de San Miguel en Burgo se encontraba la Schola Frisiorum; y los francos fundan la Francorum, que se convertirá en la actual iglesia de San Salvador en Terrione.

Mientras que la iglesia Santa María en Cósmedin (en cuyo atrio se encuentra el famoso medallón pétreo, conocido como Bocca della Verità) conserva el recuerdo de la Schola Graeca.

Repaso 10

De aquella primera Schola Saxonum, queda una huella indeleble a pocos metros de la Plaza San Pedro. Se trata del comunmente llamado «il Santo Spirito» oficialmente «Arciospedale di Santo Spirito in Sassia», fundado por el papa Inocencio III (1198) sobre los restos de la Schola Saxonum.

Actualización: junio 2019

 Marcelo Yrurtia

Martine Ruais

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