Peregrinaje a las Siete Iglesias

Al redactar las bases del primer Jubileo (1300) Bonifacio VIII determina que, para obtener la indulgencia, los romeros deben venerar los sepulcros de los apóstoles Pedro y Pablo, en sus respectivas basílicas.
Nace así la costumbre de «visitar iglesias para obtener la indulgencia», pero en realidad no se trata de «visitar iglesias», sino de «venerar la memoria de los mártires», cuyos sepulcros se encuentran en las basílicas a ellos consagradas.

En principio se peregrinó a los sepulcros de Pedro y de Pablo; a la Archibasílica de San Juan en Laterano (Catedral de Roma) y más tarde a Santa María Mayor, la Mayor de las basílicas consagradas a la Virgen en calidad de Theotokos; Madre de Dios.
Pablo II (1464-71) estipula que se otorgará la indulgencia sólo visitando estas cuatro basílicas papales. Un siglo después, Felipe Neri propone completar las visitas con tres basílicas Menores; en el Año Jubilar 1575 se realiza el primer Peregrinaje a las Siete Iglesias.

Repaso 1
Un joven florentino  Peregrinos y Jubileo ¿Por qué Siete? Apóstol del Renacimiento Las primeras veces  Repaso Envidias clericales
Basílicas menores

Un joven cura florentino

Mayo del año 1551: el joven sacerdote florentino Filippo Neri toma residencia en la iglesia romana de San Girolamo della Carità. Poco después se traslada a Santa Maria in Vallicella, iglesia más conocida como la «Chiesa Nuova» (Iglesia Nueva). Ante la puerta, diariamente se forma un grupito de jóvenes y menos jóvenes, no más de 5 ó 6; son los amigos de Filippo que ahí se dan cita para visitarlo.

Luego salen todos a caminar por las callecitas romanas aledañas.

Cruzan el Tíber por el puente del Castel Sant’ Angelo para ir al Hospital del Santo Spirito in Sassia; allí visitan a los enfermos y continúan hacia la cercanísima basílica de San Pedro en Vaticano. Otras veces, después del Hospital, se dirigen directamente al monte Esquilino, para visitar la basílica de Santa María Mayor.

Los domingos y feriados, con el día a disposición, se reúnen por la mañana en lo de Felipe; sobre la marcha deciden el itinerario.

«Buona camminata, padre Filippo»; Así lo saludan a Felipe los guardias de la porta San Sebastiano, cuando el grupo sale de la ciudad hacia las catacumbas del santo en la via Appia. Se descansan, almuerzan sobre la hierba a los lados de la antigua arteria y continúan hasta la caída de la tarde. A estos paseos los llamaban «visitas»; como quien va a visitar a un amigo a su casa.
Las casas de estos amigos se contaban entre los lugares más venerados de la Roma cristiana. Sin saberlo estaban dando los primeros pasos de lo que se convertirá en uno de los peregrinajes más famosos: Las Siete Iglesias.
Las visitas de Felipe y sus amigos van ganando el sentimiento religioso del pueblo romano.

En esta lámina (1598) vemos las Siete iglesias, aquí denominadas privilegiadas.

San Pedro, en primer lugar, en la ribera opuesta del Tíber. En la ciudad, protegidas por las murallas:

Santa María Mayor, San Juan en Laterano (Catedral) y más atrás Santa Cruz en Jerusalén.

Fuera de las murallas: San Pablo (derecha) y San Lorenzo (izquierda).

San Sebastián ad Catacumbas, al fondo en alto.

Repaso 3

¿Por qué Siete?

Lo primero que se nos ocurre es el Apocalipsis de San Juan, donde las iglesias son siete; siete son los sellos, las trompetas también son siete como siete son las copas de la ira de Dios, y demás elementos también en cantidad de siete. Sin embargo, no existe ninguna relación simbólica (más allá de la cantidad) entre las Siete Iglesias del Apocalipsis, y las Siete del peregrinaje romano.

Recordemos el simbolismo de las Siete Iglesias del Apocalipsis: 1) Éfeso: la iglesia que abandona su primer amor; 2) Esmirna: la iglesia que sufrirá persecución; 3) Pérgamo: la iglesia que debe arrepentirse; 4) Tiatira: la iglesia que tiene una falsa profetisa; 5) Sardis: la iglesia que se había quedado dormida: 6) Filadelfia: la iglesia que persevera pacientemente;
7) Laodicea: la iglesia de fe tibia.

Ningún simbolismo en las Siete de Felipe

Fue él, Felipe, quien creó y propuso este peregrinaje romano a las Siete iglesias, pero sin ningún simbolismo teológico ni religioso. Felipe no era un intelectual; era un tipo simple de una espiritualidad extraordinaria... quizás no tan simple, entonces, pero admirado y querido por todos quienes lo conocían. Los romanos lo llamaban «Pippo bbono»; lo respetaban y querían como al amigo más íntimo.

Cuando Felipe y sus amigos salían a hacer sus «visitas», ya existía el peregrinaje a las «Cuatro grandes basílicas papales»; San Pedro, San Juan, San Pablo y Santa María Mayor, pero Felipe propuso las sepulturas de otros dos grandes mártires romanos; Lorenzo y Sebastián en sus correspondientes basílicas, y la visita de la otra basílica constantiniana, la de las grandes reliquias, Santa Cruz en Jerusalén.

Repaso 2

Envidias clericales

Felipe era muy querido por los laicos, pero su comportamiento de auténtica alegría por compartir la fe cristiana, hacía que ciertos jerarcas del clero no lo vieran con buenos ojos.
Así fue que entre los meses de abril y mayo de 1559, el cardenal Virgilio Rosario -vicario de Pablo IV- le retiró a Felipe el derecho de confesar y, por motivos de «orden público», lo obligó a interrumpir inmediatamente sus «visitas a las iglesias» con grupos.

Peregrinación estratégica

Felipe comunicó a sus amigos lo sucedido, y les anunció que él seguiría peregrinando por las iglesias, pero que ya no podría hacerlo en compañía.
El grupo se vio obligado a aceptar de muy mala gana, pero alguien propuso una estrategia perfectamente lícita, que Felipe aceptó y puso en práctica a partir del día siguiente.

Cuando comenzaba su peregrinación, varios grupos diseminados lo seguían a una cierta distancia. Al llegar a una de las iglesias se reunían todos a su lado. Felipe oraba y cantaba con el grupo, les contaba algún episodio de la historia de la Iglesia, de la vida de los santos, de la Biblia o simplemente de algo cotidiano; hasta que nuevamente se ponía en camino.
Poco a poco, en pequeños grupos intercalados, sus parroquianos salían tras él, disimuladamente hasta la próxima iglesia. Y así, sin riesgos de «desorden público», sus fieles amigos no permitieron que se los separara de su tan querido Pippo bbono.

El cardenal Rosario, que lo había fuertemente sancionado, murió poco tiempo después. Felipe no guardó ningún resentimiento hacia el cardenal, ni permitió que se lo criticara.
El papa Pablo IV, como signo de reconciliación y reconocimiento, le envío dos grandes cirios al cura florentino.

Repaso 4

Felipe propone

Para el Año Santo de 1575, Felipe Neri propone ampliar el peregrinaje, y venerar los sepulcros de otros importantes mártires en sus correspondientes basílicas: San Lorenzo extramuros y San Sebastián ad Catacumbas, y agrega otra de las basílicas constantinianas, la de las grandes reliquias: Santa Cruz en Jerusalén.
De tal manera, en ese Año Santo, el Año Jubilar de la Contrarreforma, se oficializa el célebre «Peregrinaje a las Siete iglesias». El cardenal Carlo Borromeo (san Carlos Borromeo; amigo personal de Felipe) llegó a Roma desde Milán a pie y descalzo, y en las mismas condiciones cumplió el primer peregrinaje oficial de casi 18 quilómetros, orando y cantando; el de las Siete Iglesias preferidas de Felipe.

Todos con Felipe

Según lo documentado por varios cronistas, Felipe retomó sus peregrinaciones acompañado por grupos de hasta mil personas. Codo a codo, orando y cantando, miembros de familias de la nobleza romana junto a niños huérfanos y humildes artesanos. Entre los amigos de Felipe se contaban cuatro futuros papas: Gregorio XIII, Gregorio XIV, Clemente VIII y León XI, además del gran compositor Giovanni Pierluigi da Palestrina; todos peregrinaban alegremente junto a él.

Repaso 6
Repaso 7
Repaso 5

Los primeros peregrinajes a las Siete iglesias

Los primeros que pueden considerarse «organizados» se cumplían en dos días

El primer día – Miércoles de Ceniza. Comenzaba en Santa María en Vallicella; se cruzaba el Tíber para ir a San Pedro en Vaticano. De aquí se iba al Hospital del Espíritu Santo en Sassia, donde se pasaban varias horas junto a los enfermos; atendiéndolos, distrayéndolos, acompañándolos. Así se concluía la primera jornada.

Al día siguiente se iba a la Isla Tiberina, donde se visitaba la iglesia de san Bartolomé; pasando a continuación por las iglesias de San Nicolás en Cárcel y de Santa María en Cosmedín, se continuaba en dirección hacia una de las etapas Mayores de «las Siete»; la basílica de San Pablo extramuros. De ahí se continuaba por una simple calle de campo abierto (hoy la calle se llama via delle Sette Chiese, en un zona densamente habitada) y se llegaba a la tercera etapa; la iglesia de San Sebastián en Catacumbas. Felipe tenía una particular afección por esta iglesia; en sus primeros tiempos romanos, en sus catacumbas había tenido una visión que él describía como un gran globo de fuego.

Felipe celebraba allí una misa; después descansaban en los alrededores, comían lo que cada uno había preparado en casa, y retomaban el camino. Pasando por las basílicas de San Sixto Viejo y la consagrada a los Santos Nereo y Aquileo, se dirigían a otra de las etapas Mayores; la Archibasílica San Juan en Laterano. Después de visitarla cruzaban a la Scala Santa (está enfrente) y continuaban a Santa Cruz en Jerusalén. La penúltima etapa era la basílica de San Lorenzo extramuros; diácono mártir. Venerada su tumba se continuaba hacia la última etapa, la basílica de Santa María Mayor. donde se concluía el peregrinaje con la devoción al célebre ícono de la Virgen; la «Salus populi romani».

Apóstol del Renacimiento

Felipe acostumbraba saludar a sus amigos con estas palabras: «Y bien, hermanos... ¿cuándo vamos a empezar a ser mejores?» Si le preguntaban qué debían hacer para mejorar, él los llevaba a los hospitales para cuidar a los enfermos, y luego a visitar las Siete Iglesias, que era una de sus devociones favoritas.
Y al despedirse de sus amigos, solía decir: «Sean buenos, si pueden…»; un verdadero desafío.

Desde entonces, a los grupos de Pippo se han sumado millones de peregrinos; muchos más se sumarán.

Felipe Neri falleció en Roma el 26 de mayo de 1595; tenía 79 años. Fue canonizado en 1622 junto con San Isidro Labrador, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y Santa Teresa de Ávila. Sus restos descansan en la iglesia romana de Santa María in Vallicella; la Chiesa Nuova.

El pueblo de Roma lo considera su tercer apóstol; san Pedro, san Pablo y san Felipe Neri; para todos fue y será siempre «Pippo er bbono».

Actualización: junio 2019

 Marcelo Yrurtia

Martine Ruais

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