Basílicas y Catacumbas Documentos y memorias Dicho y hecho Profunda certidumbre

 

Urbi et Orbi Bárbaro imperial Portada San Pedro  Repaso

Pedro está aquí

Vipsania Agripina «la Mayor», hija de Julia y de Marcos Agripa (general de Augusto) tuvo 9 hijos con el general Germánico. Dos de ellos fueron Gaio Calígula y Agripina (llamada la Menor) madre de Nerón.

Agripina la Mayor acusó a Tiberio del asesinato de su marido Germánico, y por tal motivo fue desterrada a la isla italiana de Pandataria (actual Ventotene) donde se dejó morir por inanición en el año 33 d.C.

El brutal comportamiento de Nerón para con los cristianos ha dejado las huellas indelebles del príncipe de los apóstoles en Roma; cuna del cristianismo en Occidente y base indiscutible del Papado.

Naumaquia de Augusto

Circus Gai et Neroni

En la antiquísima zona Vatica, de origen etrusca, Agripina la Mayor poseía una mansión con gran extensión de terreno. Aquí el emperador Augusto construye una Naumaquia. Cuando fallece Agripina, su hijo Gaio Calígula hereda la gran mansión y, cerca de aquella Naumaquia de Augusto, construye una pista para ejercitaciones ecuestres, espacio que será llamado Gaianum. Lo decora a su alrededor con estatuas de los principales atletas de carreras de bigas y cuadrigas; sus ídolos personales.

San Pedro en Vaticano

Calígula construye también un Circo romano, respetando las características de los grandes circos públicos, si bien de dimensiones un poco reducidas. El joven emperador muere asesinado a los 29 años; su Circo queda inconcluso.

La mansión pasa a manos del emperador Claudio, quien al morir la deja en herencia a Nerón, su hijo adoptivo. Nerón completa las obras del Circo que había comenzado su tío Calígula; para los romanos será el Circus Gai et Neronis. Será justamente allí, en el Circo del Vaticanus, que Nerón dará lugar a la primera de las grandes persecuciones cristianas; históricamente quizás la más importante.
Hasta poco antes de los años 1960, se hablaba del  martirio de Pedro de manera imprecisa, entre los años 64 y 67. A través de la historia fueron muchos los que lo negaron de manera absoluta; excluyendo, además, la permanencia de Pedro en Roma.

Documentos y memorias

En el año 96, el obispo romano Clemente (cuarto papa de la Historia) documenta que Pedro había sido martirizado y crucificado durante una persecución anticristiana.

También Tácito, pagano anticristiano y contemporáneo a los hechos, confirma que durante estos actos del más puro salvajismo, muchos cristianos fueron crucificados.

En suma; documentos y memorias nunca faltaron, pero se carecía de pruebas materiales que demostraran la permanencia de Pedro en Roma. La Iglesia romana sostuvo siempre que Pedro había sido brutalmente martirizado durante la persecución neroniana, siendo luego sepultado en las inmediatas cercanías por un grupo de fieles. Siglos más tarde, sobre las memorias dejadas sobre la sepultura, se comenzó la construcción de la Basílica a él consagrada.

Les pobres protestan

En la segunda mitad del siglo 12 surge en Lyon (Francia) una secta religiosa evangélica; los Valdenses, que se autodenominan «Pobres de Lyon».
La secta se difunde en Italia -principalmente en Lombardía- con el nombre «Pobres de Lombardía». A partir del siglo 13, ambos grupos niegan de común acuerdo que el apóstol Pedro haya estado en Roma. Fundamentan la falsedad sosteniendo que «lo no confirmado por la Biblia, no existe», y dado que este hecho no es bíblico, por lo tanto no es aceptable. Tan «lógico» como sería decir que si para los ciegos no existe la luz solar; por lo tanto el sol no ilumina…  no existe, de acuerdo; para los ciegos.

Cuatro siglos más tarde, también Lutero niega la permanencia de Pedro en Roma, pero así como los pobres ciegos de Lyon y Lombardía, tampoco el brillante monje alemán tenía elementos que le permitieran demostrar sus «certidumbres bíblicas».

En 1545, Lutero publica un escrito contra el papado romano, según él «inventado por el diablo», en el cual dice que «en Roma nadie sabe con seguridad donde están los restos de san Pedro y de san Pablo» Pero no sólo en Roma nadie lo sabía con seguridad, tampoco Lutero lo sabía; ni jamás pudo saberlo.

El teólogo Orígenes y el célebre biblista Jerónimo documentan que Pedro fue crucificado cabeza abajo, lo cual es bastante posible y probable. De tal manera se solía ejecutar a los condenados de baja condición, para denigrarlos aún más y acentuarles el terrible sufrimiento.

Dicho y hecho

Pasaban los siglos y la controversia continuaba en altibajos según las circunstancias, hasta que el cardenal Eugenio Pacelli declaró que tratándose de un argumento determinante para la Iglesia romana -que funda y desarrolla su existencia en el lugar a partir de la tumba de Pedro- el Vaticano no podía ni debía seguir soportando aquellos ataques infundamentados, que la Iglesia soportaba desde hacía ya siete siglos.

Aquel mismo cardenal Pacelli fue electo al trono pontificio el 2 de marzo de 1939 con el nombre de Pio XII, y con absoluta coherencia a sus declaraciones precedentes pone en manos de la ciencia la búsqueda de la verdad. A poco menos de cuatro meses de su consagración, Pío XII se asume toda la responsabilidad; comienza así una investigación arqueológica de enorme magnitud y dificilísima realización que, lógicamente, no podía dar resultados en poco tiempo.

Diecinueve años después de haber tomado aquella decisión histórica, Pío XII fallece en 1958, cuando los estudios arqueológicos no habían podido aún dar razón al Vaticano, ni tampoco a sus acusadores.

No hay peor ciego que…

El profesor Marcel Simon, autor de Les premiers chrétiens (1952), con cierto empecinamiento absurdo considera «escuálida» la tradición que pone a Pedro entre las víctimas paleocristianas en Roma. Pretendiendo reforzar su estéril ataque, agrega que «no han dado ningún resultado las excavaciones en la basílica vaticana»; excavaciones que estaban aún muy lejos de poder considerarse concluidas. Cinco años más tarde (1955) otro profesor universitario, en este caso el suizo Karl Heussi, sin fundamento alguno y con toda inmadurez científica, sostiene «categóricamente» que Pedro no estuvo nunca en Roma.

Mientras tanto, y a pesar de los problemas generados por la segunda Guerra Mundial, los trabajos de excavación, investigación y estudio arqueológico continúan en el Vaticano, a siete metros bajo el baldaquino de Bernini.

Repaso 10

Fotografía y dibujo, realizados por el equipo de la arqueóloga Guarducci, del  trozo de pared con el grafito en griego petros eni, que indica la tumba del apóstol: Pedro está aquí.

Profunda certidumbre

En las profundidades de la basílica vaticana se enciende una luz; el equipo científico del arqueólogo Ferdinando Castagnoli descubre los restos del Circo neroniano, y se consigue determinar su exacta ubicación; corría el año 1960. Continúan incansablemente los trabajos durante algunos años hasta que otro equipo de científicos, el dirigido por la arqueóloga y epigrafista italiana Margherita Guarducci, encuentra inscripciones que, sumadas a otros elementos determinantes, indican, sin lugar a duda científica, que se había dado con la tumba del príncipe de los apóstoles.

Sobre una placa colocada en posición casi imposible de localizar, y en caracteres de muy difícil interpretación, se encuentra un grafito griego; petros eni: «Pedro está aquí». Sumado a la cantidad de datos surgidos durante 29 años de búsqueda, investigación y estudio, es éste el elemento determinante que confirma las documentaciones históricas de testigos (cristianos y paganos) contemporáneos a Pedro y al brutal Nerón.

Reconstrucción del edículo sobre la tumba de Pedro

en el siglo 2, descubierto durante las excavaciones arqueológicas realizadas en el período 1940-49.

Margherita Guarducci

(1902-1999)

Basílica San Pedro. Subterráneos de las Grutas Vaticanas,

donde fueron descubiertas las necrópolis de época neroniana.

Pablo VI (1963-78)

Pablo VI pudo realizar lo que todo papa realmente cristiano habría deseado: comunicar al mundo que la sepultura de Pedro está dónde los documentos lo indicaban. No era cuestión de engaños ni de tonteras.
«Pedro está aquí», nos lo dicen las piedras; las mismas que desde entonces allí estuvieron.

Urbi et Orbi

En la audiencia pública del miércoles 26 de junio del año 1968, Pablo VI informa a los fieles, y por su intermedio al mundo, que la tumba de Pedro ha sido localizada.

El histórico anuncio, apoyado por el reconocimiento científico internacional, premia el coraje sin par que Pío XII había demostrado veintinueve años antes, al afirmar que «cualquiera sea el resultado, es necesario investigar hasta conocer la realidad de los hechos».

Los indiscutibles descubrimientos en los subsuelos de la basílica de san Pedro -y no sólo de su tumba- empobreció aún más a los Pobres de Lyon y de Lombardía de aquel lejano y triste siglo 13; como así a tantos otros que, a pesar de no considerarse «pobres», se demostraron y demuestran -aún en tiempos actuales- intelectualmente miserables.

Bárbaro imperial

Con este descubrimiento arqueológico, quizás uno de los más importantes en la historia íntima del cristianismo, se confirma también la barbarie de Nerón; el 13 de octubre del año 64 (al cumplir su décimo aniversario en el trono imperial) martirizó a gran cantidad de cristianos, con la finalidad de descargar sobre esta comunidad de inmigrantes la culpa del gran incendio -ocurrido pocos meses antes- y que el pueblo romano atribuía al emperador.

Sin embargo, con este comportamiento Nerón obtuvo un resultado histórico diametralmente opuesto a su propia voluntad; queriendo destruir la comunidad cristiana de Roma martirizó a su principal representante, pero no sólo no consiguió destruirla sino que entonces la reactivó. Y diecinueve siglos más tarde le permitió confirmar al mundo que Pedro está allí, bajo su entonces futura basílica, como tantísimos testigos oculares (cristianos y paganos) lo habían insistentemente documentado.

Es muy posible que tres siglos más tarde, otro emperador, Constantino, haya reflexionado mucho sobre los errores de su célebre y lejano predecesor.

Actualización: junio 2019

 Marcelo Yrurtia

Martine Ruais

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