Basílicas y Catacumbas Gran estructura: atrio, fachada El interior Sobre la tumba del apóstol  Diaporama La gran decisión Hacia el futuro Vaticano  Repaso Portada San Pedro

San Pedro en Vaticano (antigua)

El docto eclesiástico Gaio le envía desde Roma una misiva a su amigo Eusebio, obispo de Cesarea, y le dice «... si vienes a Roma podré mostrarte los trofeos de los apóstoles. En el Vaticano y en la arteria que conduce a Ostia encontrarás los trofeos de quienes han fundado esta Iglesia».

Trofeos, memorias y edículos

Los trofeos a los que se refiere Gaio suelen ser placas recordatorias o pequeños mojones que se colocan sobre un sitio sepulcral.
La memoria (en latín celle memoriae) es prácticamente lo mismo.

La tradición oral nos dice que fue Anacleto quien colocó el primer trofeo sobre la sepultura de Pedro. Anacleto fue el segundo sucesor de Pedro en calidad de obispo; el tercer papa de la historia.

Nuestra palabra edículo proviene de edicola, a su vez diminutivo de aedes, que significa templo. Por lo tanto, edículo es un pequeño templo sepulcral que comprende dos espacios: el inferior sobre la superficie de la sepultura, y el superior que se utiliza como altar para el oficio religioso.

Basílicas Mayores

Sobre la tumba del apóstol

Poco después del martirio del apóstol -segunda mitad del primer siglo- los cristianos de la comunidad romana encabezados por el obispo Anacleto, colocaron una memoria sobre la tumba de Pedro. Esta «memoria» es el «trofeo» al que se refiere Gaio cuando le escribe la misiva a Eusebio.
Ya sea trofeo (griego) como memoriae (latín) son sinónimos muy cercanos. Un siglo más tarde, los cristianos de Roma construyeron una edicola sobre el antiguo trofeo.
Si no hubieran existido estos modestos testimonios, que durante dos siglos y medio indicaron la tumba de Pedro, de Pablo y de muchos otros mártires, es probable que las vidas de estos personajes vagarían de leyenda en leyenda, alimentando manuales de mitología.
El área donde había sido sepultado Pedro, en las inmediaciones del Circo de Nerón, va ampliándose hasta convertirse en una verdadera necrópolis.

Aún no concluida la construcción de la primera residencia oficial del obispo de Roma, con su correspondiente Archibasílica -la actual San Juan en Laterano-
el emperador y el papa deciden dedicar una basílica a la memoria de Pedro, el príncipe de los apóstoles.

Habían pasado ya 250 años desde su martirio y sepultura, pero el edículo indicaba el lugar exacto del sepulcro.

Repaso 1
Repaso 2

Historias sobrepuestas

En esa zona, históricamente llamada Vatica, (origen etrusco del nombre Vaticano) quedaban aún tramos de la via Cornelia; una de las grandes arterias consulares romanas. También quedaban sedimentos del Circo de Nerón, donde fue martirizado Pedro; y muchos restos de aquella necrópolis pagana, que a partir de la sepultura del apóstol fue parcialmente cristiana.

Claro está que para construir la basílica habría sido más simple trasladar los restos de Pedro a un sitio menos poblado de historia. Pero las circunstancias imponían que cualquier referencia material -ya sea un pequeño altar o un templo- debía erigirse ad corpus; en el sitio de la sepultura del cuerpo.
La preparación del terreno llevará mucho tiempo; las obras comenzaron el 18 de noviembre del año 326. El papa Silvestre consagró la basílica, que será completada sólo veintitrés años más tarde, bajo el pontificado de Julio I.

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La gran estructura

Esta basílica, históricamente la segunda entre las cristianas, es muy diferente a su precedente en Laterano. Toda la estructura, incluyendo el atrio, estaba precedida por un espacio llamado entonces cortina Sancti Petri (a). Por medio de una escalinata de 35 gradas de mármol se pasaba a una amplia superficie, también marmórea (b), en la cual se realizaban solemnes ceremonias papales y se recibía a los emperadores que debían ser coronados por el sumo pontífice.
Tres grandes puertas de bronce (c), quizás procedentes de templos paganos, permitían el acceso al atrio, llamado Paradiso (d); gran cuadripórtico (56 x 62 mt) limitado por 46 columnas.
En el centro del Paradiso se encontraba el cantharus (e); una gran fuente destinada a las abluciones; en su centro una enorme piña de bronce adornada con dos pavos reales y dos delfines dorados. Todo cubierto por un techo, también de bronce, sostenido por cuatro columnas de pórfido.
En el interior (f) 72 ventanas y ventanales de placas metálicas con perforaciones para la ventilación (ventus > ventana) no permitían una buena iluminación natural. Después de varias modificaciones se llegó a las vidrieras polícromas que enriquecieron aún más el deslumbrante ambiente interior.

El atrio

Llamado Paradiso (d), cumplía funciones de plaza cerrada interior, separando la basílica de la cortina Sancti Petri (a) . Durante el oficio de la misa, el Paradiso quedaba reservado a catecúmenos y penitentes, los cuales no tenían permitido asistir al rito en manera directa.

Los peregrinos que llegaban al alba esperaban la apertura de la basílica, mientras los vendedores ambulantes instalaban mesas sobre las que exponían sus mercaderías; desde objetos religiosos hasta hierbas, pez salado y otros «platos». Había todo tipo de comerciantes y artesanos. A quienes vendían objetos religiosos se los llamaba paternostrari (de Paternostro); los cambiavalute eran los que cambiaban valores; dinero.
En determinadas fechas del año, las familias ricas colocaban grandes mesones en el atrio, para servir comida a los carenciados.

La fachada

La parte superior, con seis grandes ventanales, estaba adornada con ricos mosaicos que representaban la imagen de Cristo, los símbolos de los cuatro Evangelistas, los señores del Apocalipsis y la entonces inevitable imagen del emperador Constantino.

En el siglo 7 -por voluntad del papa Sergio I- en la celebración de la Misa se incluye el Agnus Dei, y se sustituye entonces la imagen de Cristo por la del Cordero Divino. Pero cinco siglos más tarde (12) se reemplaza todo el mosaico por uno nuevo con las imágenes de Cristo, María y el apóstol Pedro. A fines del mismo siglo, poco antes de la proclamación del primer Jubileo en el año 1300, el cardenal Stefaneschi le encarga a Giotto un mosaico destinado a la pared interior de la fachada; es el famosísimo Mosaico della Navicella, que aún hoy se lo puede apreciar en el atrio, ante la puerta central de ingreso a la basílica.

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Mosaico «La Navicella» de Giotto

Repaso 3

A cada cual su puerta

Los catecúmenos y los penitentes debían permanecer en el atrio; el Paradiso. Los otros peregrinos y visitantes (hoy diríamos turistas), ingresaban a la basílica de acuerdo a un orden preestablecido, y estrictamente respetado. Cada una de las cinco puertas estaba destinada a un determinado grupo de personas, incluyendo a las fallecidas. Comenzando de izquierda a derecha:
La primera era la Porta Iudicii (puerta del Juicio) exclusivamente destinada al paso de cortejos fúnebres.
La segunda era la Porta Ravenniana, reservada a los peregrinos del barrio romano de Trastevere, y a los de la región Toscana.
La tercera puerta (central) tenía tres nombres: mediana, regia y argentea, éste último debido a sus láminas de plata (argento).
La cuarta era la Porta Romana, por la cual sólo los romanos capitolinos podían pasar.
La quinta era la Porta Guidonea, reservada exclusivamente a los romeros (peregrinos a Roma) que efectuaban la visita acompañados por un guía (Guida) de aquí el adjetivo nominal Guidonea .

Una parte lateral del pórtico, ante las puertas de ingreso a la basílica, era llamado porticus pontificium; allí recibieron sepultura 40 papas; de León I († 461) a Sergio I († 701).

Tradición plurisecular

Las puertas de la actual basílica guardan íntima relación con las de la antigua. La Porta Iudicii, por la que pasaban los funerales, hoy es la Puerta de la Muerte; la Regia (central, del Filarete) sigue siendo la más importante; la Guidonea, entonces reservada a romeros y visitantes extranjeros (turistas) es hoy la Porta Santa, por la cual ingresan a la basílica los peregrinos y turistas que viajan a Roma durante el Año Santo.

El interior

El fasto de esta basílica fue la maravilla de cuantos la visitaron. También Dante, al citar aquel cantharus en su inmortal Commedia, rememora la «vieja San Pedro».

Al construir la basílica, el sepulcro del mártir pasaba a ser un santuario subterráneo, que los griegos llamaban Martyrion, y los romanos Confessione; sobre éste se erigía el altar principal (en este caso el altar papal) de la correspondiente basílica.

En sus doce siglos de existencia, la «vieja San Pedro» fue el más representativo museo de los estilos artísticos de ese largo período: desde el lujo bizantino, la austeridad carolingia, la robustez del cálido románico, la gracia insuperable de los marmolistas cosmatescos y el florilegio del gótico, hasta el maravilloso despertar del primer Renacimiento, que a mediados del 1400 entra en puntas de pie a esta basílica por la puerta Regia de «il Filarete».

Hacia el futuro Vaticano

A fines del siglo 4 comienzan a surgir algunos edificios en las inmediaciones de la basílica: una biblioteca, un sagrario y la capilla del coro. Y además un ambiente llamado «el secretario» que era el lugar donde el papa, al llegar de su «viaje» desde el palacio pontificio del Laterano, se cambiaba para vestir sus hábitos y oficiar misa en San Pedro.

También se encontraba el pro quiete pontificis, un ambiente destinado al reposo del papa. A veces se realizaban procesiones nocturnas entre la Catedral y la Basílica; entre Laterano y Vaticano; una larga procesión de 11 kilómetros que merecía un descanso al arribo.

El lugar y toda la zona circundante va poblándose ininterrumpidamente. El papa León Magno funda un monasterio a mediados del siglo 5; por voluntad de Gregorio I, en el siglo siguiente se construye una de las primeras hosterías para peregrinos romeros. Tres nuevos monasterios; el de Esteban Mayor, el de Esteban Menor y el de San Martín se suman al ya existente del papa León Magno.

Repaso 4

Vitalidad junto al sepulcro

Cumpliendo estrictos turnos, los monjes montan guardia día y noche ante la tumba del apóstol.
Seis iglesias, en las inmediaciones, custodian con celo la gran basílica. En el siglo 8 surge también una gran capilla, la de Santa Maria in Turri, allí se recibe a los emperadores que viajan a Roma para ser coronados por el sumo pontífice.
Peregrinos, monjes, emperadores, papas, ciudadanos creyentes y ateos... todos visitan la basílica; también la visitan los vándalos, visigodos, sarracenos y normandos que saquean Roma. Atraídos por los tesoros; con bárbaro entusiasmo se los llevan para enriquecer, quizás, sus entonces futuros museos.

De una u otra manera; por devoción, curiosidad o vandalismo, es notable la vitalidad junto al sepulcro. ¡Y pensar que Nerón había creído que eliminando al gran apóstol decapitaría el cristianismo! De todas maneras, no fue el único que se equivocó.
En los alrededores de la basílica, muchos siglos antes de la institución del Año Santo, nacerán las primeras scholæ peregrinorum.

La gran decisión

Pero la estructura original de la basílica no tenía la solidez de las grandes obras imperiales romanas, y fue así que -después de muchos papas indecisos y temerosos- Julio II asume la enorme responsabilidad de destruir este maravilloso monumento de doce siglos de vida.
Como si fuera un ser humano, la «vieja San Pedro» vive aún en la memoria de sus obras. Centenares de piezas la recuerdan en los Museos Vaticanos y en los principales de Roma. En los subsuelos de la basílica actual (las llamadas «Grutas») se conservan monumentos sepulcrales y muchos fragmentos, de lo que fueron los magníficos 120 altares de la última demora de Pedro en Occidente.

Detalle de la Puerta del Filarete

Antonio Averlino, más conocido como «el Filarete» fue un escultor, ingeniero y arquitecto renacentista.
Se formó en los talleres de Lorenzo Ghiberti donde, participando en la realización de las puertas del bautisterio de San Juan (Florencia), aprendió las técnicas de fundición del bronce. En 1433 se fue a vivir a Roma, y el papa Eugenio IV le encargó realizar los bronces para la puerta central de la basílica de San Pedro. Las imágenes representan episodios de la vida y muerte de los apóstoles Pedro y Pablo. Esta puerta es la primera obra renacentista de la antigua basílica; por eso suele decirse que el Renacimiento entró a San Pedro por la Puerta del Filarete.

Según la tradición habría sido ésta la Cátedra de Pedro, pero la documentación lo registra como «antiguo trono de Carlos el Calvo», regalado al sumo pontífice (posiblemente a Juan VIII) alrededor del año 875.

La Cátedra fue expuesta por última vez en 1867.
Desde entonces se encuentra en el ábside de la basílica actual, cubierta por la gran cátedra de bronce, obra del arquitecto y escultor Giovan Lorenzo Bernini.

¿Para coronarse?... a Roma... sempre dritto... La noche de Navidad del año 800, en esta basílica, fue coronado Carlomagno por mano del papa León III, en calidad de emperador del Sacro Imperio Romano; el 2 de febrero del 962 el papa Juan XII coronó a Otón I el Grande, como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico; cinco años después será Otón II que recibe la corona de Juan XIII, para el mismo cargo que el anterior. Bajo el Sacro Imperio Romano Germánico (que de romano tenía sólo el nombre, y el águila que los alemanes aún utilizan con alguna modificación) se desarrollaron las feroces controversias resumidas bajo el nombre de «querella de las investiduras» (1073-1122). También recibieron su corona Federico I Barbarroja (1155) del papa Inocencio III, mientras que Honorio III coronó al tristemente celebérrimo Federico II, en el año 1218. «Vi como salía del mar una bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas, y sobre los cuernos diez diademas, y sobre las cabezas nombres de blasfemia…» Con estas palabras, del Capítulo XIII del Apocalipsis de san Juan, el papa Gregorio IX se refiere a Federico II en un texto dirigido a todos los obispos, arzobispos y reyes de la cristiandad. La relación entre reyes y papado, durante el período del Sacro Imperio Romano Germánico, fue el elemento que dejó la puerta abierta a la degeneración política que se desarrolló durante los siglos sucesivos en nombre de la Iglesia, hasta alcanzar el paroxismo con el enclave en Aviñón y el Gran Cisma de Occidente.

Actualización: junio 2019

 Marcelo Yrurtia

Martine Ruais

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